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CARTAS TRASCENDENTALES 1887 CASTRO Y SERRANO
Este lote se compone de un libro que tiene por
título
CARTAS
TRASCENDENTALES
Escritas á un amigo de confianza
Primera y segunda serie
por
JOSÉ CASTRO Y SERRANO
EN 1862
Con 350 páginas
Edita Fortanet
en Madrid
en el año 1887
Encuadernado en rústica
en buen estado de conservación
Tiene unas medidas de 23 x 14,5 cm
Con seguridad, la revista que de modo más completo responde a esta situación
de domesticidad cultural es La Ilustración Española y Americana (1869-
-1921). Fundada por Abelardo de Carlos, el 25 de diciembre de 1869. La
elegancia y selección tipográfica eran su objetivo, en relación al nivel de
la mediocre cultura de la clase media de la Restauración. Su conservadurismo
es el reflejo de la burguesía en el poder. Su nombre fue cambiando con
diversos subtítulos, suprimiendo el famoso Museo Universal.
Lo novedoso y excepcional prima en sus contenidos. Comenzaba con una crónica de
actualidad y un sumario de contenidos. Además de artículos diversos sobre
ciencias, álbum poético, narraciones, reseñas de libros, pasatiempos,
publicidad, anuncios de empresas. Como elementos característicos tiene dos:
• Presencia temprana de un censor de los originales entregados para su
publicación en la revista. José Castro y Serrano. Folletinistas como Julio
Nombela, fueron sus víctimas. Otros como Fernández y González si gozaron del
éxito.
• Conforma un espacio semiótico y comunicativo que es un portavoz de los
ambientes de salón en que se mueve la gente elegante de la Restauración.
El
can-can de la Polinesia
En 1871 se editó en Madrid un libro titulado Cuadros contemporáneos y firmado
por don José Castro y Serrano, en este libro se dedica todo un capítulo al
baile del can-can.
El autor nos cuenta cómo, en España, entró el gran baile de la mano de
Madama Tostée en el año 1870.
Esto quiere decir que el autor del libro estaba muy atento a todas las
novedades. Pero hombre de su tiempo no podría dejar de señalar lo bueno y lo
malo de las modas recién llegadas.
En cuanto al can-can pensaba: "Una de las noches del verano de 1870,
Madama Tostée electrizó a la sociedad más culta de la corte de España no con
los encantos de su vis cómica sino con ciertos movimientos libidinosos de sus
bien configuradas caderas".
Después señala que la parte más serie de la sociedad española no sólo no
se dejó electrizar sino que abandonó los salones por miedo al contagio.
El autor de estos Cuadros contemporáneos llega al escándalo cuando
comparaba el baile francés del can-can con el honesto fandango español.
Al llegar a este punto yo adivino que el libro puede desaparecer y las
caderas de Madama Tostée ser olvidadas, pero que el fandango no va a poder
resistirse ante los empujes de unas medias de seda.
Esta es la historia de la humanidad a pesar de cuanta resistencia puedan
oponer, al paso de las danzas más sensuales, los grupos conservadores.
Incluso yo diría que el can-can que escandalizó a Madrid no era sino una
herencia de danzas nudistas de la Polinesia.
La moda nos trae modernidades tan antiguas que ya las tenemos olvidadas.
Periódicamente una Madama Tostée aparece en París, en Las Vegas, en Nueva
York y nos pone al día.
Incluso cabría pensar que los cuadros contemporáneos sólo son viejos
cuadros para los memoriosos.
Aunque esto, hay que consignarlo, ciertos lugares del mundo parecen estar
condenados a recibir siempre los últimos ecos de las llamadas danzas contemporáneas.
El libro al que me refiero apareció en mis manos surgiendo de los anaqueles
de una librería de esas de segunda mano de las que soy tan afecto.
Y ahora lo estoy colocando entre mis otros libros con la esperanza de que ahí
aguarde la irremediable llegada de Madama Tostée que volverá, tarde o
temprano, a electrizar al señor Castro y Serrano y a la sociedad pacata del
mundo entero.
El can-can, pienso yo, será tan eterno como los instintos sexuales y un día
se llamará can-can y otro con-con, y algún día lo bailarán las tribus de la
Polinesia.
VIAJE ALREDEDOR DE LA EXPOSICIÓN UNIVERSAL DE VIENA,
por un Caballero Español [pseudónimo de José de Castro y Serrano]
XII.
WAGNER
Á D. Antonio Peña y Goñi,
distinguido crítico musical.
[p. 742] Sólo con los elementos de la ópera alemana, ó por mejor decir,
con los elementos que los alemanes han aportado á la ópera, se concibe la
aparicion de Wagner en el mundo de la música. Este hombre, que sin duda estaba
V. echando de ménos, amigo Peña, resume en sí propio todo un carácter artístico
de la época actual; y por esa razon hemos esquivado su encuentro, hasta que los
antecedentes hicieran fácil un juicio en condiciones elevadas sobre sus
tendencias y sus obras.
Antes de nada, imitemos en su curiosidad al público sensato: -"¿Es
Wagner un innovador ó un corruptor? ¿Representa su música un progreso ó una
decadencia en el arte?"
El estudio de estas cuestiones ha impedido quizá que nosotros nos riamos de
Wagner, como se han reido desde hace veinte años, no sólo los músicos
mediocres, sino los grandes genios de la música.- Conocida es la anécdota de
Rossini en uno de sus convites dominicales. Comian varios profesores con él, y
entre ellos Carafa, el gran maestro Carafa, único de todos que defendia á
Wagner. Al servir un pescado hermosísimo, Rossini lo distribuyó en forma
solemne, como tenía por costumbre en casos graves; pero á Carafa no le puso más
que la salsera. - "¿Y el pescado Joaquín? (gritóle su amigo congojoso).
- El pescado es para estos caballeros (contestó Rossini): tú tienes bastante
con la salsa." - Cuéntase asimismo de Auber, que un dia se desesperaba
delante del piano, en ocasion que tenía una partitura puesta del revés sobre
el atril. - "Pero, maestro (le advirtió uno de sus discípulos): ¿cómo
quereis sacar nada, si está el papel hácia abajo? - ¿Y os figurais que yo lo
ignoro? (replicó el viejo). Lo he tenido hácia arriba media hora sin poder
enterarme de lo que dice, y lo pongo al revés por si de este modo le saco
alguna cosa." - Era una partitura de Wagner.
Con tales antecedentes oimos nosotros por primera vez una sinfonía del
maestro aleman en el teatro Rossini de Madrid. La dirigia el malogrado
Gaztambide, aquel hábil director de orquesta á quien nuestros aficionados
deben, en union de Barbieri, y de Monasterio ahora, el conocimiento de piezas
orquestales, que han sido para España una revelacion. Terminada la obra,
nosotros acudimos á los corredores en busca de los músicos; pero los músicos
no disputaban como era de presumir, reian; la overtura no merecia los honores de
la discusion siquiera: era un disparate ante la ciencia, ante la práctica y
ante el buen gusto. Rossini y Auber no podian engañarse ni engañarnos.
Nosotros, á pesar de esto, no nos reimos aún; pero ¿por qué tan ridícula
seriedad? Vamos á decírselo á usted.
Hay entre los que ignoran los mecanismos del arte, á vueltas de muchos
inconvenientes notorios, una ventaja no pequeña para juzgar empíricamente
sobre sus goces. Viven ajenos á la tradicion escolástica del arte mismo;
desconocen las fórmulas de obediencia á las leyes existentes; rechazan la
imposicion de un género privilegiado y absoluto; son libre-pensadores, en fin,
en el buen camino como en el malo; y áun cuando á veces pueden equivocarse por
su propia ignorancia, á veces tambien están exentos del error á que conduce
el espíritu de secta, el orgullo profesional y esa repulsion instintiva que
brota contra todo lo que tiende á subvertir un órden de cosas establecido. -
Nosotros, por ejemplo, sabemos que Rossini hablaba mal de Bellini, y Auber de
Donizetti, y Meyerbeer de Verdi; lo cual no obsta para que Rossini melodizase
como Bellini, y para que Auber dramatizase como Donizetti, y para que Meyerbeer
incurriese en los efectos y á veces en los defectos de Verdi. Así es que la
opinion de los músicos, por respetable que sea, no es para nosotros de gran
autoridad, como no vaya seguida de consideraciones y razonamientos críticos.
[p. 743] Ahora bien: nosotros, que no habiamos podido leer los escritos de
Wagner sobre el pentagrama, habíamos leido los escritos de Wagner sobre el
papel. Porque Wagner es un escritor de prendas poco comunes: domina con la pluma
las esferas de arte; es pensador, es filósofo, es eminente crítico; y sólo
por estas dotes, es digno del respeto de los que estudian. Sus meditaciones
sobre la música arrancan de una gran escuela, de la escuela de Weber; sus
gustos por el arte arrancan de un gran estilo, del estilo religioso italiano;
sus tendencias para el progreso musical, se dirigen á un gran fin, al fin de
que el arte se regenere por medio de las artes; y cuando esto se ha leido, no es
menester acudir á las partituras del autor para considerarlo artista, ni hacen
mella en el ánimo los chistes del ingenio, por ingenioso y célebre que éste
sea.
Ademas, ¿quien hace caso de agudezas ni chistes, ante la desconsoladora
realidad de que se atribuya á Wagner un dicho que nunca ha salido de sus
labios? Wagner vive todavía; su boca no se cierra para desmentir esa ridícula
frase que se le supone pronunciada respecto á su música; y sin embargo, el
mundo se empeña en que la ha oido pronunciar; la historia la consigna ya en sus
anales; la crítica la recoge para hacer de ella un instrumento de lucha contra
el infeliz autor; músico y música del porvenir son motes legendarios
que han pasado al dominio comun para fabricacion de nuevos chistes y agudas
presuposiciones; todo lo cual nos prueba que Maquiavelo fué un pobre hombre al
aconsejar que se calumniase un poco: calúmniese por completo, grítese mucho
para que nadie oiga la razon, y la humanidad se tragará ruedas de molino como
bizcochos borrachos.
Wagner cree que la música ha seguido una carrera lógica desde su orígen
hasta el presente. No piensa, pues, en desviarla del cauce de la filosofía.
La estudia en Grecia como arte auxiliar, como acompañamiento rítmico y
cadencioso de la danza; de ese arte, sagrado primero, mundanal despues, que
prepondera en los pueblos primitivos al lado de otras expresiones de la belleza
plástica. Hasta entonces no es arte.
En Roma la sorprende en progreso; pero no bastándose á sí misma, la ve
adherirse á otro arte de más valor, al drama, cuyo ornamento facilita, y para
cuya grandeza le presta el coro. Aquí halla Wagner una ópera que ha debido
desde luégo ser inventada: la poesia en accion, fingiendo episodios de la vida;
la melodía en accion, traduciendo impresiones del alma; el coro en accion,
llenando los huecos y simulando los conjuntos de la orquesta que no existia,
debieron y pudieron constituir la verdadera ópera entre los romanos.
Pero ésta no se forma en el mundo de la antigüedad, y el cristiansimo no
puede tampoco contribuir á formarla. El cristianismo se retira de la plaza pública,
para solemnizar una sola fiesta: la del templo. Allí convoca la arte de los
sonidos, ó por mejor decir, allí reune todas las artes en majestuoso consorcio
con la música. El templo cristiano crea una ópera cuya importancia artística
desconoce, y cuyo éxito no fia al aplauso de la multitud, áun cuando sí al
enaltecimiento de la piedad. ¡Qué teatro el suyo!: la bóveda sagrada que se
eleva á los cielos. ¡Qué drama el suyo!: el drama del Gólgota, cuyas
peripecias conturban al hombre. ¡Qué cantantes los suyos!: la plegaria
universal traducida en himnos que parten del corazon. ¡Qué orquesta la suya!:
todos los elementos de la armonía realzados con el órgano y la campana.
Dentro del templo cristiano es donde se desarrolla y complementa el arte de
la música, al compás de las otras artes ya conocidas. La arquitectura
ennoblece el local, la escultura ennoblece los huecos, la pintura ennoblece la
luz, la indumentaria ennoblece al ungido, la polifonía ennoblece los clamores públicos.
No importa que la probreza instrumental impida las grandes modulaciones
orquestales: el viento y la cuerda de que se dispone, sirven de abrigo á la voz
humana que brota á torrentes la expresion melódica de sus sentimientos íntimos.
El monje canta solo y el pueblo le contesta en tropel; pero oficiantes y devotos
riman sus plegarias, con arreglo á unas leyes que parecen emanadas del propio
cielo. Esa confusion que al principio debió tener algo de bárbara, enseñó,
sin embargo, á clasificar y deslindar los timbres, utilizándolos para el
naciente contrapunto. Cantaban el joven y el anciano, la mujer y el niño, el
pulmon robusto y el débil acento: todos cabian en el gran coral, y sus
contrastes iban á ser el matiz y el efecto de la nueva música.
Stradella, Palestrina, Bach, Querubini y cien otros, reglamentan el arte de
los sonidos y lo conducen á su más alto grado de esplendor. Tres siglos reina
la música sagrada como arte de primer órden, sobrepujando quizá al
renacimiento de todas las otras artes.
Cuando el fervor religioso comienza á decaer, sale la música de la iglesia
para dirigirse al teatro; pero ¡cosa singular! ¡ella que es tan rica, tan
ampulosa, tan profunda, aparece pobre y escuálida en su nueva escena. Se diría
que se escapan los cantores uno á uno hacia el teatro, para cantar su copla con
más desvergüenza y aplauso público que en la casa de Dios.
La ópera principia por donde las artes acaban; por el personalismo, por el
realismo, por el amaneramiento. Educados, con todo, los autores en una gran
escuela, vuelven los ojos al primitivo orígen del arte, y reproducen la música
de danza con más desenvoltura, gracejo y ciencia que griegos y romanos. La
melodía se destaca del seno de la armonía para brillar por sí sola en el
nuevo espectáculo. La orquesta, según la feliz expresion de Wagner, es una
gran guitarra que acompaña al cantor; el coro un pasatiempo para dar descanso;
la decoracion un local más ó ménos cómodo; el recitado un pretexto para
decir las palabras; el libro una base estulta sobre que fundar la comedia que va
á cantarse. - Un grande hombre, el más grande de los ingenios dramáticos
musicales, dice que se atreve á poner en música la cuenta de su lavandera.
Y así sucede efectivamente. Gracias al poder del númen, auxiliado, como
hemos dicho, por una hermosa tradicion artística, la ópera se produce con
encanto, y hasta con locura, podriamos añadir, del público á quien se dirige.
Las modulaciones profanas, forman lenguaje escénico que derrama nueva fuente de
goces sobre el auditorio. Ya no es una sola pasion, ni un solo sentimiento los
que se cantan: se cantan todas las pasiones y todos los sentimientos humanos, y
sobre todos el amor. Rossini, Bellini y Donizetti hacen en pocos años tanto
casi como los anteriores maestros de capilla en luengos lustros. Verdad es que
aprovechan sus lecciones, y sus ideas, y sus medios; pero verdad tambien que lo
ejecutan con una novedad y una gracia imponderables.
Ya parece la ópera asentarse sobre bases firmes, cuando apenas nacida
comienza á decaer: la muerte ó el silencio de los ingenios que la crearon,
basta para ponerla en peligro. Las mismas producciones de estos ingenios, no
consiguen todas el honor de una larga existencia: hay que repetir lo selecto
para abastecer el mercado y entretener la actividad de los cantores. ¿Cómo así?
¿Pues no era la ópera un nuevo arte?
La ópera italiana, y por entonces no había más ópera digna de estudio que
la italiana, no era verdaderamente un arte nuevo: era un ramo del arte,
desgajado del tronco principal, con la precipitacion y el ánsia del que derriba
el árbol para comerse la fruta. Una nacion no latina cuyos ingenios eran
conducidos á Italia para beber en la fuente de la melodía, pugnaba dentro de sí
propia por contrarestar el influjo del arte encantador, conteniéndolo en límites
ménos deleznables; pero esa nacion no estaba en contacto con el mundo artístico
de la época, y sus labores quedaban encerradas dentro de sus muros. Sin
embargo, no se perdian para la historia, ni eran completamente inútiles para el
progreso.
¿Qué hacer? (pregunta Wagner). La plantilla melódica por sí misma, es
insuficiente para prolongar la existencia de la ópera: la ópera se empobrece y
decae; el espíritu moderno exige del espectáculo lírico algo más de lo que
sus notables autores le suministran: ¿habrémos de repetir siempre lo propio?
¿Habrémos de renunciar al progreso en este punto?
Wagner cree que cuando las artes se debilitan y amaneran hasta el punto de
incurrir en la trivialidad, no tienen más remedio que converger hacia las otras
artes sus hermanas, demandando auxilios para su regeneracion. Volviendo él su
pensamiento á los grandes dias de la música, pide á la Iglesia las armas con
que la hizo victoriosa, y les añade las perfecciones del progreso universal.
Primeramente busca al poema, para que la música se desarrolle sobre él, y
no se pegue, como hasta ahora, en las desiguales excrecencias de un insulso
libreto. Tras del poema aspira á la emancipacion de la orquesta, dotándola de
vida y arte propios, como la ha hallado en la sinfonía de Beethoven. Recurre
despues al coro, emancipándolo asimismo de su triste papel de relleno, para
elevarlo á la categoría de personaje tumultuario y declamador; imágen que es
de las multitudes; representación, si así puede decirse, del voto público en
los incidentes del drama. Quiere que concurra á la ópera el baile, como en lo
antiguo acudia á todas las solemnidades, y al presente se le da entrada en
todas las fiestas. Por último, la arquitectura, la pintura, la escultura y la
indumentaria, con más todos los adherentes artísticos que en el dia produce la
ciencia, deben ser llamados, segun su opinion, á enriquecer y regenerar la ópera.
-El cumplimiento de este ideal, más filosófico que músico, y más convincente
que posible, es lo que Wagner ha llamado la obra del porvenir. En él
consistia la música de ayer, dentro de la Iglesia: en él quiere que consista
dentro del teatro la música de mañana. Tal es su profesion de fe, honradamente
expuesta, y con brevedad deducida de sus escritos.
Pero Wagner no ha pretendido ser el inventor ni el ejecutor siquiera de estas
doctrinas. Cuando las predicaba por Alemania hace veinte años, ya su maestro
Weber las habia iniciado en obras admirables, de esas que no perecen jamas.
Meyerbeer mismo en Francia, no hacia sino seguir un rumbo semejante, en obras de
estructura diversa que hasta entónces, y en consonancia con los preceptos
referidos. El propio Rossini en su obra última, demuestra que quiere apartarse
del camino trillado, quizá porque pretende hacer inmortal. Lo que Wagner decide
por sí solo es no contentarse con estos pasos que se dan en su tiempo: cree que
la reforma hay que llevarla á cabo más de prisa, y se lanza con gran genio, y
no escasas disposiciones auxiliares, á acometerla de frente. Wagner no es
contemporizador; es radical.
Para ello principia por escribirse sus poemas. Los grandes literatos, dice,
no descienden á la ópera, y los mediocres la matan: hay, pues, que comenzar
por suprimir el poeta, subordinándolo interinamente al músico. La epopeya
popular, la fantasía innominada de las multitudes, el romancero de antiguas
edades, es la fuente á donde acude á beber sus inspiraciones. De allí toma
sus asuntos y sus fantásticos caractéres; pero despues necesita hacer un doble
aprendizaje sobre los medios de expresion. Las lenguas no son cantables en su
forma ordinaria, porque el progreso de las lenguas es lo que más distante se
halla de la canturia: hay que someterlas á un especial trabajo; hay que
armonizarlas y prepararlas á su reproduccion en sonidos. Tras de elevado poeta,
tuvo, por consiguiente, que hacerse hábil versificador. Su última tarea es la
más difícil, y sobre la cual hubiera llamado su atencion toda, á contar con
auxiliares dóciles que le siguiesen en su ímproba reforma: era la factura de
la música.
Wagner cree, como todo el mundo, que la música es el idioma de los
sentimientos, y por lo tanto, que cada palabra sentida debe tener una
reproduccion sonora en el mundo de las ideas musicales. La cuestion es
encontrarla. De esta teoría se desprenden por sí solos dos axiomas. Primero:
no puede hacerse música buena sobre palabras torpes; y cuando se hace, la música
es sinfónica, ó lo que es lo mismo, estaria mejor sin palabras. Segundo: toda
la gramática y retórica musicales, compuestas sobre los elementos de la
antigua ópera, carecen de razón y de filosofía; deben dejar paso á la gramática
y á la retórica del poema. - Así ha escrito sus obras Wagner.
Nosotros, que no hemos pronunciado su nombre hasta haberlas oido casi todas,
y estudiado algunas con insistente repeticion, vamos á declarar á V., amigo Peña,
nuestras impresiones, con toda la desnudez de la verdad.
Antes de levantarse el telon en una ópera de Wagner, sucede en la orquesta
alguna cosa extraordinaria. Los instrumentos quieren informar al público de lo
que se prepara detrás del telon. Estas overturas tienen mucho del rápsoda
griego, que se presenta muy enterado de los asuntos ante un público frio, sin
haberse cuidado de predisponerlo suavemente. Wagner entra en materia de seguida,
y entra en materia por procedimientos insólitos. Torrentes de armonía,
entrelazados de disonancias y de acordes extraños, pretenden como fingir la
intromision de muchos elementos distintos en una sola pieza preliminar. Se diria
que habian introducido de repente la luz en una jaula de pájaros, y que todos
se revolvian y cantaban en tropel, á reserva de irlo haciendo más tarde poco
á poco.
Las overturas, sin embargo, suspenden al público, no dejándole medios para
pensar. Hay en ellas una energía incesante, una riqueza de colorido, unos tan
magistrales tonos de armonizacion, que el ánimo ofuscado en busca de la idea
principal, no tiene tiempo de dolerse si no la encuentra, ni de quejarse de su
propio asombro. Si aquello no fuera bueno, sería lo más malo que hombre alguno
pudiera discurrir; pero aquello no es malo, y lo prueban la ejecucion entusiasta
de los instrumentistas, el silencio imponente del público, la salva de aplausos
con que se recibe involuntariamente el epítome del poema lírico.
Elevado el telon, Wagner procura ya que el drama se encuentre en su completo
desarrollo. El cuadro que se presenta á la vista es un cuadro acabado en
composicion, en figura, en colores. Antes de aquel momento, ya sucedia lo que
allí sucede; de modo que no hay coro de introduccion, ni aria de bajo, ni
ritornelo para que salga la tiple. Bien es verdad que no hay bajo, ni tiple, ni
coro; allí hay lo que hay: un rey administrando justicia; una aparicion que
asombra; un consejo en que se [p. 746] discute; una multitud que pelea, que ora
ó que se divierte. El bajo, y el tenor, y la tiple, y el barítono, están allí
como los otros, desempeñando su papel; hablando cuando les corresponde,
diciendo lo que exige el desarrollo de la situacion, y nada más. Aquel recitado
perpétuo cansaria en oidos acostumbrados á que se melodice pronto, si no fuera
porque la orquesta está cantando siempre. La orquesta menejada de un modo
desconocido hasta ahora, entretiene y distrae al público de la monotonía, ó
por mejor decir, de la sucesion constante del recitado; pues el recitado no es
monótono, sino ántes bien, tan vário, tan natural y tan típico, que,
conforme se desarrolla la fábula, casi sería imposible concebir otra forma de
expresion para los personajes que en ella figuran.
Confesamos, á pesar de todo, que pasadas las primeras curiosidades, hemos
experimentado á veces abatimiento con la prolongacion de ciertas escenas; pero
cuando se reunen en un punto los episodios del drama para dar acceso á la
situacion culminante; cuando todo aquel material exhibido con laboriosa y lenta
solicitud, se hacina, que así puede decirse, en un cuadro dramático de primer
órden hácia el cual se la hacia converger, la ópera deWagner se incendia, la
ópera de Wagner estalla, un genio de las tempestades parece que preside aquel
conjunto armonioso, melodioso, polifónico; nunca hasta entónces presenciado,
nunca hasta entónces admirado, nunca hasta entónces aplaudido por el batir de
todas las palmas, por el gritar de todos los pechos, por la conmocion y el
estremecimiento de todos los espíritus. - Si la teoría de Wagner no tiene otra
verdad ni otra aplicacion que ésta, ella vale por una obra artística, vale por
un triunfo, vale por un progreso.
Á nosotros nos han ayudado á gritar en estos instantes, algunos de los que,
no sin falta de razon, se reian en los Campos Elíseos de Madrid de la overtura
de Rienzi.
Es menester, amigo Peña, que Wagner sea conocido entre nosotros. Hay algo de
vergüenza en que nuestro público tan aficionado, tan aplicado, tan conocedor;
nuestro público en cuyas disposiciones musicales hemos contribuido todos á
operar una verdadera revolucion, bastante más fructuosas hasta la fecha que las
revoluciones políticas, desconozca esa nueva tendencia de la música contemporánea,
tan controvertida por la generalidad, tan vituperada por unos, tan encomiada por
muchos. Wagner ha entrado ya en Francia, ha entrado ya en Italia, ha entrado en
Barcelona, y no ha entrado en Madrid.
Vemos que nos sale al paso la cuestion económica de siempre: las obras de
este maestro no pueden llevarse á la escena, sino con gran lujo, con gran
propiedad, con gran ensayo y con gran dispendio. Wagner no es conocido de muchos
profesores, y tal vez está juzgado por ellos con ligereza, en razon á que sus
óperas no dicen nada en la partitura. La mayor parte de los que hablan y han
hablado de ellas, las desconocen por completo. Sólo los gobiernos alemanes, los
príncipes alemanes que consideran la música, segun ántes hemos indicado, como
un arte de museo, á cuyo esplendor hay que acudir artificiosamente, pudieron
adquirirla para colgarla en sus teatros. - Entre nosotros la ópera vive del
favor público, y las empresas tienen que adular al público; si despues de un
dispendio enorme en tiempo y dinero, el público vuelve la espalda, el
empresario está perdido. Así es que no salimos ni es fácil que salgamos nunca
de Trovadores y Traviatas, Hebreos y Saltimbancos.
Nosotros en nuestro rápido viaje por Alemania, cuyas impresiones hemos de
contar algun dia, nos admirábamos del extenso y lucido repertorio de sus
teatros más humildes. Al lado de la ópera italiana, que cada vez aplauden con
mayor entusiasmo en sus bellos e imperecederos ejemplares; al lado de la Norma
y la Sonámbula de Bellini, del Barbero y del Moisés de
Rossini, de la Lucrezia y la Lucia de Donizetti, cada noche en
cada teatro conseguiamos oir, el Fidelio de Beethoven, el Euriante
de Weber, la Flauta Encantada de Mozart, la Armida de Gluck, y
tantas otras hermosas obras de los grandes maestros, cuya audicion está vedada
para los que fiamos el arte á la moda ó al capricho de la multitud. - Tambien
en estos teatros la multitud ha sido indocta ántes que sabia; pero es con el
ejemplo de arriba como ha conseguido educar su gusto hasta la sazon en que hoy
lo manifiesta; y pronto será el dia en que no hay menester protecciones de
nadie.
Con esta proteccion se han desarrollado en Alemania la ópera y el gusto; con
ella se han desarrollado en Inglaterra; con ella se han desarrollado en Francia;
con ella se desarrollan actualmente en Rusia, y con ella se desarrollarán en
España. - Wagner, sobre todos, no ha podido nacer sin esa proteccion; y si es
algo algun dia, á ella se deberá exclusivamente. Él no era rico como
Meyerbeer, para costear la exhibicion de su primera ópera; no contaba tampoco
como Mozart y como Rossini con un caudal de amenidades al alcance del
sentimiento público, para imponerse aún despues de sus primeros fracasos; le
sucedia lo que á nuestro Zubiaurre, que sin la caridad artística de cuatro
amigos, no sabriamos que era un excelente músico. No se canse usted, por lo
tanto, de pedir á esa nueva Academia, á esos protectores oficiales del arte
musical, que procuren traducir en hechos las esperanzas de V. y de toda nuestra
juventud artística, arbitrando medios de que se representen las obras que no
cuentan con la aprobacion anticipada del público. Si son nacionales, de ellas
saldrá nuestra ópera; si son extranjeras, con ellas se enriquecerá nuestra ópera.
Wagner debe ser conocido en Madrid, para estudio y enseñanza de esa misma
juventud. Si Wagner no es genio de la ópera moderna como algunos creen y otros
dudan, es ciertamente el Littré del idioma musical: el autor del gran
diccionario de las palabras sonoras. Su perpétuo recitado, el difícil
recitado, que en manos de todos se amanera y se agota, es en Wagner una fuente
perpétua de modulacion propia y de noble canturía; su orquesta siempre en
accion, la difíci orquesta, que en las manos de muchos es embarazo y ruido, en
las manos de Wagner es perpétuo y armonioso concierto; su astro melódico, del
cual quiere prescindir por sistema, pero que tan escaso va siendo entre los
compositores, asoma en las óperas de Wagner á cada minuto con fresca y
cadenciosa inspiracion; finalmente, Wagner llena el mundo artístico con su crítica,
como otros lo han llenado con su gloria. Conozcámoslo, pues; juzguémoslo por
nosotros mismos sin prevenciones ni entusiasmos impuestos; que si despues de
todo no nos agrada, bien puede asegurarse que el ensayo no habrá sido estéril;
y por último, ¡qué importa una decepcion más, obtenida en provecho y por
honor del arte, cuando tantas se experimentan diariamente en perjuicio y con
desdoro del arte!
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