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NOTAS SOBRE PARIS 1900 F. TOMAS GRAINDORGE
Este lote se compone de un libro que tiene por
título
NOTAS SOBRE PARIS
VIDA Y OPINIONES
DE
M. FEDERICO TOMAS GRAINDORGE
Doctor en Filosofía por la Universidad de Jena,
socio principal comanditario de la casa Graindorge and Cº
(Petróleos y cerdo salado, en Cincinnati,
Estados Unidos de América)
Coleccionadas y publicadas
por
H. Taine
su albacea
Traducidas al castellano
por
Antonio Salazar
CON 303 PÁGINAS
ENCUADERNADO EN MEDIA
PIEL
(Reciente)
EN BUEN ESTADO DE CONSERVACIÓN
TIENE UNAS MEDIDAS DE 21 X 14 cm
Los deberes de ejecutor testamentario son muy difíciles de llenar, y
no sin trabajo he podido, por fin, conforme con las intenciones de monsieur
Graindorge, revisar, completar y publicar estas notas. La familia oponía
dificultades, y los manuscritos originales son casi ilegibles; monsieur
Graindorge tenía una larga escritura inglesa, confusa, complicada con
abreviaturas comerciales y estrechada además por el uso de caracteres alemanes.
He conseguido llegar al cabo a fuerza de tiempo, pero siento no haber podido
hacer más. Monsieur Marcelin(1),
a quien como a mí honraba con su amistad, hubiera querido también elevar un
monumento a su memoria; había mandado ejecutar por un renombrado fotógrafo
muchas vistas de las habitaciones del difunto; gracias a diversos retratos había
recogido los principales aspectos de la persona y de los trajes de monsieur
Graindorge, a los que había añadido los de su secretario, su sobrino y demás
personas de quienes se habla en el volumen; su solicitud inteligente no había
retrocedido ante ningún objeto singular, ni siquiera ante el gran caparazón de
cocodrilo disecado que adornaba el tocador, ni siquiera ante el rostro de Sam,
el lacayo negro, que en la antesala enseñaba sus eternos dientes blancos. Además,
recogiendo sus recuerdos, había pensado ilustrar con dibujos los pequeños
acontecimientos de salón, de teatro y de viaje referidos por monsieur
Graindorge. Otras ocupaciones se lo impiden; espero que algún día se verá más
libre; entre tanto el lector lamentará que en este último oficio no haya
suplido su lápiz a la insuficiencia de mi mano.
He pasado a menudo la velada con monsieur
Graindorge y siempre me he complacido en su conversación. Su erudición era
ordinaria; pero había viajado y su espíritu estaba bien abastecido de hechos.
Por otra parte, no era pedante ni gazmoño, y el café que se tomaba en su casa
era exquisito. Lo que yo estimaba sobre todo en él era su gusto por las ideas
generales, a lo cual llegaba naturalmente, y tal vez el lector parisiense juzgará
que se inclinaba a ello en demasía. Yo no sé si era apreciado en sociedad; la
flema americana le había acorazado en exceso y el hábito de los negocios le
había vuelto harto cortante.
Era un hombre alto, enjuto, que hablaba sin
gestos y con el semblante todo unido, no por falta de imaginación o de
emociones, sino por la costumbre de contenerse y horror a mostrarse. Su
conversación no tenía nada de literaria, salvo la ironía fría. Sin embargo,
como gustaba de la lectura y había recibido una educación clásica, podía y
sabía escribir a cortas diferencias como todo el mundo. De ordinario se mantenía
en pie, con la espalda contra la chimenea, y dejaba caer sus frases una a una
sin la menor inflexión de voz; esas frases mismas no eran mas que statement
of facts, muy empañadas y muy precisas; de momento no producían efecto;
pero al cabo de una hora habíase olvidado su desnudez y su monotonía para no
sentir mas que su plenitud y su acierto.
Visiblemente sólo hablaba para cumplir con un
deber de sociedad; su mayor placer era oír conversar a los otros. Teníamos muy
pocas ideas comunes; pero nuestro método de razonamiento era el mismo, lo cual
basta para hacer agradable la discusión. Por otra parte, soportaba la
contradicción y se entregaba de buena gana a la crítica, hasta practicarla con
sus propias manos en sí mismo, desmontando los rodajes interiores de su espíritu
y de su carácter para explicar sus acciones, sus opiniones y especialmente su
pesimismo. A mi juicio, había padecido demasiado en su juventud y replegádose
demasiado en sí mismo en su edad madura; además, había cometido la falta de
hacerse aficionado, quiero decir de desprenderse de todo para pasearse por
doquier. Sólo se vive incorporándose a un ser más grande que uno mismo; hay
que pertenecer a una familia, a una sociedad, a una ciencia, a un arte; cuando
se considera una de esas cosas más importante que uno en particular se
participa en su solidez y su fuerza, si no se vacila, se fatiga y se desfallece;
quien de todo gusta, se disgusta de todo.
Monsieur Graindorge tenía conciencia de su
mal; pero se encontraba ya demasiado viejo para poner remedio. Tocante a este
particular referiré una anécdota que demuestra su manera de ser y, además, su
lucidez de espíritu.
Un día, al cabo de una larga conversación
filosófica me dijo, a guisa de resumen:
-Luis XI, al final de su vida, tenía una
colección de cochinillos que hacía vestir a usanza de gentileshombres,
burgueses, canónigos; se les instruía a palos y bailaban de tal guisa ante su
presencia. La dama desconocida que llamáis la Naturaleza hace lo mismo;
probablemente es humorista; sólo que cuando a gran copia de zurribandas hemos
desempeñado bien nuestros papeles y se ha reído hasta desquijararse de
nuestras muecas, nos envía a la tocinería o al saladero.
Esta manera de explicar la vida me parecía
extremada y además personal. Proseguí la idea que había enunciado antes, y
traté de insinuarla; pero en términos muy generales, sin la menor aplicación,
con todos los miramientos de que yo era capaz y todo el respeto con que un
hombre más joven se complace en rodear a un hombre de más edad. Quitóse el
cigarro, reflexionó un instante, y me dijo con su voz lenta:
-La conclusión que no sacáis es que haría
mejor en estar muerto; esa es también mi opinión.
Y como yo protestase, con mucho escándalo y
algo de emoción, se sonrió, lo cual no le ocurría dos veces cada mes, y añadió
con igual tono:
-Cuando tengáis cincuenta y cinco años y una
enfermedad del hígado, ya veréis cómo esta opinión es la más cómoda
almohada del mundo.
Me ha legado sus utensilios de café turco y su
provisión de cigarros; soy, pues, su heredero y me atrevo, por tanto, a creerme
sincero al lamentarme en alta voz de que haya muerto.
H. Taine
Capítulo primero
Primeras notas
7 diciembre.
Ayer, en los Italianos, Cosi fan tutte,
con la Frezzolini.
Me hallaba en el anfiteatro; de siete mujeres
que estaban a mi alrededor, había seis loretas(2)
.
Dos de veintiocho años, poco más o menos; la
una, un verdadero tipo de Boucher, algo gastada; la otra, un tipo de Ticiano,
blanda, blanca, orejita grasa, los cabellos enmarañados en nube por encima de
la frente, rubios, caídos sobre la nuca y recogidos con una peineta de oro. La
piel es de una blancura mate sorprendente. En tiempo de Ticiano hubiera sido
simplemente enérgica y estúpida; hoy, mancillada, envilecida, desvergonzada,
acostumbrada a las afrentas y a la insolencia, lleva diez años de baños, de
polvos de arroz, de vigilias, de pasteles de foie gras. Lo que ha
aprendido es a comer bien y finamente, a beber fino y seco; es una mujer de
cenas. Está ya empastada y se encamina a la oca gorda. Le contaba a su amiga
una comida reciente, un bonito piscolabis, los vinos, el café, el servicio,
volviendo los ojos con una beatitud gastronómica.
En el palco que está detrás de mí, el viejo
príncipe de N... con una bailarina de la Ópera y una actriz de Variedades. Las
exhibe así todos los sábados. La bailarina tiene la voz ronca de las
mujerzuelas y un tono de una vendedora de manzanas, lo cual contrasta con sus
guantes blancos de tres botones. Habla alto, tiene palabras de tití. Cuando
Flor de Lis y Doralice rompen en sollozos al partir sus novios, ha dicho en alta
voz en medio del silencio: «¡Y todo eso por Carrau!» Carrau es el actor que
representa el segundo amante, un pobrecillo sin voz y de linda figura. Se han
vuelto cinco o seis hombres y han reído; ella estaba contenta; había tenido éxito.
El resto de sus observaciones son del mismo gusto: «La Alboni va tan apretada
que se la levantan las enaguas. ¡Toma, el negro la adelgaza! Pero, ¿qué ópera
viene a ser ésa? Desde luego que yo no entiendo palabra. ¿A qué vienen esos
ojos como bolas de loto? ¡Me gustan más los Funámbulos!»
Más abajo de nosotros hay una señora honrada,
lo cual se ve por ir menos descotada; el porte, la traza, son otros. La gran
loreta parece pensar siempre en el placer. La otra desea que la hagan la corte.
Ligera diferencia.
Claro está que ésta, tan linda, tan
peripuesta, no piensa en otra cosa. Se constituye en centro, quiere que la
miren, que no se piense mas que en ella. Una mujer bella, o sencillamente
bonita, tiene las exigencias, las vanidades, las susceptibilidades, todas las
necesidades de goce y de lisonja de un príncipe, de un cómico y de un autor.
A no ver mas que su exterior y la toilette,
son divinas. Hay promesas infinitas de placer, refinamientos de gusto, elegancia
en los encajes y lazos con que se encuadran el pecho, en esas sedas blancas
floreadas en que se envuelven; pero no hay que oírlas hablar, ni mirar lo que
sienten, ni si sienten.
15 diciembre.
Refresco de bodas en un restaurante. Son
empleados; el futuro es subjefe y rebaña algo con otro empleillo; en junto,
cuatro mil francos. La joven tiene cincuenta mil francos de dote; su padre es
inspector de aguas y bosques en provincia.
Esta elegancia de café es innoble. Las sillas
están deslucidas; las alfombras de la escalera, pegajosas; tendríase ganas de
escribir sobre la puerta: Nupcias y festines. Los mozos traen vasos de
agua azucarada, grosellada parcamente. Se atreven a hablar con los invitados,
hacen observaciones. ¡Y qué observaciones! «¡Tendréis helados, toda clase
de cosas buenas!» Esta insolencia es admirable, parisiense del todo.
Este mundo no es bello. Las toilettes, las
pretensiones para ser del verdadero mundo quedan rebajadas en el instante mismo
por los aires encogidos, por la extrañeza de las narices, por las maneras
estiradas, por el aspecto de las cabezas que la monotonía del oficio ha acabado
por embrutecer. Algunas, afinadas bajamente, son más desagradables aún.
Nada se lleva bien sino lo que habitualmente se
lleva. El lujo desentona cuando se gasta una vez al año.
No hay mas que una salvación para la gente de
menos de veinte mil libras de renta(3):
vivir en casa a la ginebrina o a la inglesa, no recibir nunca, evitar todo
alarde de ostentación, no ver mas que a dos o tres viejos amigos, gastar en
bienestar, buenas comidas provinciales, en buena ropa blanca el dinero de los
bailes, las reuniones; si no, se está mortificado y se queda en ridículo.
Casarse a puerta cerrada, sin otros asistentes que los testigos, el padre y la
madre. Las grandes comilonas, los bailes a la luz de las lámparas son buenos
para los campesinos, que no se hartan mas que una vez en su vida, o para los
obreros, que tienen necesidad de estirar las piernas.
El pianista, hombre de treinta y seis años,
embrutecido, estaba gracioso con su traje de ceremonia, su bigote y su aire de
ebanista endomingado. Bajo esta envoltura se veía la costumbre de las copejas.
Aporreaba dura y maquinalmente a quince sueldos por hora. Pensaba yo en esos
enterradores siempre rapados, negros de pies a cabeza, con un sombrero negro de
bordes rojizos.
La novia es una buena comadre regordeta, toda
redonda, que quisiera estar metida en un agujero. A las once de la noche
adquiere seguridad, se hace la señora, habla ya de los arreglos de interior, y
dice: «Haremos, iremos.» Él, ágil y avispado, saluda, sonríe, mariposea,
mueve los brazos, las piernas, los ojos, la cabeza, con una petulancia de
meridional; los faldones de su frac baten como alas. Se han visto por primera
vez hace seis semanas; se han aceptado al cabo de tres entrevistas. Hoy, piano,
algazara y vasos de agua azucarada con grosella; y he ahí dos cuerpos y dos
almas acoplados por toda la vida.
17 diciembre.
Velada íntima, gentes del verdadero mundo, y,
sin embargo, ¡cuántas incoherencias!
Una joven ha cantado no sé qué romanza
moderna, en todo caso una romanza de amor, tan apasionada como cabría desear;
la música sobre todo tiene vuelos extraordinarios, como los de la serenata de
Schúbert. Notad que seríais el más grosero, el más indecente de los hombres
si ante la madre, el padre, la tía, la abuela, todo el escuadrón de las dueñas
y los parientes de la familia osaseis hacer la más ligera, la más lejana alusión
a lo que acaba de explicar por lo largo.
Desfile de músicas. Entre otras, madame de
V..., una joven casada de veintitrés años, con los ojos elevados al cielo,
quiero decir al techo, y que esperan, ha cantado el Deseo de primavera, con
gestos lánguidos para comentar la música. El marido está radiante; trae los
cuadernos, hace el empresario. A mí me gustaría más que mi mujer se quitase
la ropa en público.
Siempre aparece la actriz, la modista. Miraba
todos esos semblantes por encima de los ricos trajes descotados, con encajes.
Los trajes son bellos y hasta poéticos, pero ¡qué cabezas!
Madame de V... y su marido volvieron a casa
anteayer a las siete de la mañana. El mismo día han ido a otras dos soirées.
Las jóvenes son insaciables: todas las noches en coche para el baile, el
teatro, las comidas; ésta va seis veces por semana, y a dos o tres casas cada
noche, a tiempo de coger un sillón, cambiar una frase convenida contra una
frase convenida, hacer una seña al marido, que espera en el umbral de una
puerta, y echarse el albornoz en la antesala.
Siempre la misma fisonomía sonriente; es un
pliegue contraído que cae sobre una sonrisa como una bailarina sobre las puntas
de los pies. Por más que sea linda no pasa de ser una muñeca; al cabo de diez
minutos de conversación se tienen ganas de irse. El marido es un garrapata
rechoncho, apasionado por las trufas. Al fin y al cabo tiene razón ella en
hacerle trotar; come demasiado; echaría panza.
21 diciembre.
Al presente cuando los hombres hablan a las
mujeres de mundo lo hacen con un matiz de rechifla; han tomado este tono a
fuerza de ver pelanduscas, con las cuales se está siempre en pie militante. El
tono caballeresco, el verdadero respeto han desaparecido. Los modales solícitos
y cumplimenteros, o sencillamente los aires de deferencia, no se encuentran ya
mas que en los hombres de cincuenta años. Madame André M. me decía ayer que
eso es muy desagradable y no se sabe dónde se irá a parar. He visto ese tono
en su marido, como en los demás.
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