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TIPOS Y PAISAJES 1887 JOSÉ Mª DE PEREDA 1ª edición 1887

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TIPOS Y PAISAJES 1887 JOSÉ Mª DE PEREDA 1ª edición

Este lote se compone de un libro que tiene por título

TIPOS Y PAISAJES

por

José María de Pereda

C. de la Real Academia Española

perteneciente a las obras completas (tomo VI)

con 499 páginas

editado en Imprenta y Fundición de Tello

en Madrid

en el año 1887

bien encuadernado en tela

en buen estado de conservación

 

Biografía

Cuando José María de Pereda y Sánchez Porrúa nace en Polanco (en la entonces Provincia de Santander, hoy Región de Cantabria), el 6 de febrero de 1833, tiene lugar la sucesión al trono de Isabel, la hija de Fernando VII, cuya designación iba a ocasionar la más importante guerra civil de ese siglo en España, al protestar su tío, Carlos María Isidro. La nefasta herencia del monarca muerto originó el enfrentamiento de las dos Españas con las guerras carlistas.

Los padres del escritor, Juan Francisco de Pereda y Bárbara Josefa Sánchez Porrúa eran naturales, respectivamente, de Polanco y de Comillas y se habían casado muy jóvenes, matrimonio del que tuvieron una larga descendencia.

Establecido el matrimonio en Polanco tuvieron que mantener mediante el trabajo en el campo y la ganadería a la numerosa familia de veintidós hijos, de los que llegaron a adultos solamente nueve.

El traslado a Santander con sus padres le pone en contacto con la ciudad y le presenta un panorama urbano y portuario completamente diferente al de sus primeras vivencias infantiles en Polanco. Tras los estudios de Primaria en la escuela del pueblo, la familia decide que estudie el bachillerato en el Instituto Cántabro de la calle Santa Clara, en el que realiza el ingreso en 1843 y cursa al año siguiente el primer año de Latinidad. Fue un estudiante mediano con calificaciones de Regular en el segundo y tercer año de Filosofía y Suspenso en el cuarto de 1847-8. Fueron profesores suyos Bernabé Sáinz, de Sintaxis latina; Juan Echevarría, de Matemáticas.

Cuando llegó el momento de elegir una carrera hubo grandes porfías entre la familia y es posible que, por sugerencia de su hermano mayor, se decidiera, al fin, por los estudios que le permitieran ingresar en la Academia de Artillería de Segovia. En el otoño de 1852 se trasladó con este propósito a Madrid, donde se hospedó con otros estudiantes montañeses en la calle del Prado núm. 2. Durante el curso se preparó en el colegio de su paisano el arquitecto Antonio Ruiz de Salces, que después perteneció a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. La verdad es que el ambiente de Madrid y la vida estudiantil de tertulia en el café de "La Esmeralda", los bailes de Capellanes y la asistencia al teatro fueron para él una tentación insuperable, que le inclinó más por la vida social, el teatro y las fiestas, que por la del estudio. Así parece desprenderse de la carta que le escribe en 1853 a su primo Domingo Cuevas: "Aquí cuando por fas, cuando por nefas, siempre hay alicientes que arrastran a uno en pos de la corte y que, al fin y a la postre, llega uno a mirarla con demasiado apego, y llegará día en que se sienta trocar por la pluviosa e insípida Montaña". No sabemos el resultado de aquellos estudios y ni siquiera si llegó a presentarse al examen de ingreso. Años más tarde, al referirse a esta etapa de su vida, diría que comenzó en Madrid "una carrera científica que no concluí por falta de vocación para ellos".

Estando en Madrid fue testigo de la revolución de 1854 en la que estuvo a punto de perder la vida por el tiroteo originado en las calles, sucesos que relata con detalle en su novela Pedro Sánchez. Durante su estancia en Madrid dedicó una buena parte del tiempo más a la lectura de novelas que a resolver problemas de matemáticas. Ya entonces escribe una obra de teatro, La fortuna en un sombrero (1854), comedia que quedó inédita, donde aparece el tema del idilio, el matrimonio de conveniencia y el caso de la joven sacrificada por el matrimonio para salvar la economía familiar.

La llegada a Santander del joven Pereda no había sido nada afortunada, ya que venía con el fracaso en los estudios y en 1855 moría su madre. Esta desgracia familiar y el contraer la enfermedad del cólera le tuvieron postrado y con gran desánimo. A causa de ello, al año siguiente, se le presentó una neurastenia que obligó a la familia a enviarle a Andalucía donde permaneció una parte del año 1857. Tras el fracaso en sus estudios, se le presenta el dilema de escoger una forma de vida por cuenta propia o entrar a formar parte en alguno de los negocios familiares o de amigos suyos. Pero lo que a él le gustaba en realidad era escribir, para lo que creía tener buena disposición. La oportunidad se le presentó al aparecer en Santander el diario La Abeja montañesa, en la que se estrena con el artículo "La gramática del amor". Sus primeros escritos suelen ser anónimos, firmados por la inicial de su apellido o con el pseudónimo "Paredes". Por lo general, se trata de artículos de crítica teatral, sobre las comedias y zarzuelas que pasaban por el teatro de Santander, colaboraciones de carácter costumbrista o sobre la vida local. Aunque su valor literario era escaso, le sirvieron para reconocer los temas que luego empleará en sus libros y que evidencian la gran afición de Pereda por el teatro.

En 1862 prologa, con el mencionado pseudónimo de "Paredes", el libro Ecos de la Montaña del poeta Calixto Fernández Camporredondo, lo que es indicativo de que gozaba ya de un prestigio como hombre de letras en el ambiente local de Santander.

Al año siguiente, con el mismo pseudónimo, colaboró en el Almanaque ilustrado de la Abeja Montañesa, en el que publicó el artículo "Júpiter. Su vida y milagros" y "El raquero". Algunos de los cuadros costumbristas publicados en la sección del folletín de La Abeja, pasaron luego a sus libros.

Dentro de esta etapa periodística coinciden sus tentativas en el campo teatral con obras cómico-líricas de carácter costumbrista: "Tanto tienes, tanto vales" (1861); "Palos en seco" (1861), "Marchar con el siglo" (1863), "Mundo, amor y vanidad" (1863). El escaso valor de estas obras primerizas hizo que sólo se dieran a conocer (salvo alguna que llegó a estrenarse) con el título de Ensayos dramáticos en una edición restringida, en 1869, con destino a sus amigos. Ya para entonces Pereda había logrado un prestigio literario a raíz de la publicación en 1864 de su primer libro, Escenas montañesas.

Prueba del prestigio que le otorgó su primera obra es que, sin dejar de escribir en la prensa santanderina, empieza a publicar en 1864 en el prestigioso periódico madrileño El Museo Universal y en 1866 colabora con otros autores en el libro Escenas de la vida, colección de cuentos y cuadros de costumbres, editado en Madrid por una sociedad de autores, entre los que figuraban Juan Eugenio Hartzenbusch, Antonio Trueba, Eduardo Bustillo, Ventura Ruiz...

A partir de este momento y en menos de cinco años José María de Pereda se consolida como escritor y su nombre empieza a sonar entre los autores en boga hasta al punto de recibir elogios públicos como escritor costumbrista.

En su segundo libro, Tipos y paisajes el autor puso especial interés sobre todo en el relato titulado "Blasones y talegas".

En abril de 1869, a los veintiséis años, contrae matrimonio con Diodora de la Revilla, "una dama de agradable presencia, de mucha bondad y relevantes virtudes", según su biógrafo José Montero.

Dos años más tarde, es presentado en política por sus amigos afines a sus ideas, que le animan a presentarse como diputado carlista por el distrito de Cabuérniga. El año anterior se había constituido la Junta provincial del partido, de la que era presidente su amigo Fernando Fernández de Velasco, vicepresidente su hermano Manuel Bernabé Pereda y el propio novelista vocal de la junta.

Una serie de circunstancias favorecieron el que saliera elegido por escaso margen. Le ayudó la división del voto liberal, el apoyo del clero, de las familias católico-monárquicas y el hecho de la restricción de los distritos electorales en la provincia que quedaron limitados a cinco.

Su participación política en Madrid le sirvió para darse a conocer, ampliar sus amistades y para darle una experiencia en la mecánica electoral, conocimientos que vertió en su novela corta Los hombres de pro, incluida en su libro Bocetos al temple (1876). Al ser Pereda un desconocido en su distrito tuvo que visitar a los caciques y amigos influyentes que podían apoyar su candidatura. Con este motivo visitó a Francisco de la Cuesta en la casona de Tudanca, pero también tuvo la ayuda del liberal José Antonio González de Linares. Al cesar sus actividades políticas en Madrid deja de escribir. Él mismo lo cuenta así:



Vuelto a mi casa y más enamorado de la paz de mi hogar que de la política y que de la literatura tuve que consagrarme por entero a compartir con mi mujer los cuidados de los niños que a la sazón tenía. Cuatro o cinco años pasaron entonces sin que yo publicara ni escribiera cosa alguna.



El estímulo de sus amigos Marcelino Menéndez Pelayo y Gumersindo Laverde le lleva de nuevo al taller del escritor. Es entonces cuando se propone publicar una novela. En cierto modo, se podría decir que a partir de este momento comienza la segunda etapa literaria de Pereda.

Era Pereda de mediana estatura, fornido y con un aspecto en general que recordaba más a un miembro de la alta burguesía que al de un antiguo hidalgo, aunque lo fuera por genealogía. El bigote, la perilla y los quevedos resaltaban su rostro de aspecto serio. Era de tez morena y con una cabeza dotada de pelo crespo y abundante.

De joven había sentido Pereda afición por la caza y la equitación, ejercicios que no aparecen apenas en sus novelas. No fue bebedor habitual de alcohol ni de café, que perjudicaban su salud. En cambio, fue un buen fumador, como su amigo Pérez Galdós.

Desde niño dio muestras de trastornos nerviosos que se fueron agravando con los años y cuyos síntomas describe en su novela Nubes de estío.

Era Pereda un hombre ordenado y cuidó con atención su aspecto y vestimenta y, de igual modo, se rodeó de las mejores comodidades y adoptó enseguida cualquier innovación que le pareciera oportuna.

En las tertulias ocupaba el puesto principal por su gracia y las agudezas que vertía en su amena conversación. Fue un buen polemista y un conversador ingenioso.

Cuando se trata de completar el carácter de Pereda nos encontramos ante un escritor que, tanto en el aspecto personal como en el literario, ofrecía a sus contemporáneos una imagen singular y muy diferenciadora hasta el punto de que Menéndez Pelayo diría de él que "lo que había de característico en su estructura mental era incomunicable, y él mismo no hubiera podido definirlo". Su compañero Pérez Galdós, que le conocía bien, destacó "su personalidad vigorosa" y lo singular de su obra literaria que le hacía ser diferente a los escritores de su tiempo.



Para poder conocer el pensamiento de José María de Pereda y su carácter, resulta imprescindible tener en cuenta la influencia que ejercieron en él, el ambiente familiar y el grupo de amigos. Perteneciente a una familia católica y tradicionalista, recibe desde niño el troquelado de sus padres, preferentemente de la madre, y se ve protegido en su juventud por la tutela de su hermano mayor Juan Agapito. Si bien es verdad que en su vida no hubo especiales datos curiosos, al no salirse de una monótona uniformidad, también es cierto que careció de contratiempos y adversidades económicas, a pesar de no tener un empleo fijo. Desde su juventud y a partir de su casamiento pudo y supo unir su afición literaria a una dedicación a los negocios. Aunque la literatura no le dio para vivir, fue después un complemento económico importante al ser uno de los escritores más leídos de la Restauración.

Marcelino Menéndez Pelayo vio en Pereda al mejor representante contemporáneo de las letras de su tierra natal y no sólo le animó a escribir, sino que cuando hizo falta salió en defensa suya, realizó la crítica de su obra de una manera estimulante y, sobre todo, le aconsejó que no se apartara de los temas locales en los que sobresalía por ser el mejor pintor de aquel Santander de antaño a través de unos cuadros y tipos costumbristas que se hubieran perdido del recuerdo de las gentes. El erudito santanderino conoció previamente algunos de los escritos publicados por el escritor de Polanco, como ocurrió con la novela Pedro Sánchez.

La muerte trágica de su hijo primogénito Juan Manuel, en 1893, supuso una ruptura en el normal desarrollo de la vida del novelista. A partir de ese momento se llenó su pensamiento de malos presagios y complejos de culpabilidad. La desgracia le pareció una prueba de Dios y le conturbó el hecho de que se suicidara, por lo que solicitó de los prelados de algunas diócesis le concedieran, tras su muerte, las indulgencias oportunas. Comenzó a leer el libro de Job y sólo la resignación cristiana y su profunda religiosidad le permitieron salvar el estado de postración en que cayó. Se agravó su neurastenia y envejeció prematuramente. A duras penas y gracias a la ayuda de sus amigos y de la familia pudo concluir Peñas arriba, la novela que estaba escribiendo, en cuyo manuscrito existe una cruz trazada en la página 18 del capítulo XX que recuerda aquel triste suceso.

Ya después de esto fue muy difícil animarle a escribir y únicamente publicó su novela corta Pachín González, basada en un hecho real, la explosión del vapor "Cabo Machichaco", atracado en el puerto de Santander con un cargamento de dinamita, en noviembre de 1893.

En los años posteriores y una vez nombrado Pereda académico dio prácticamente por terminada su obra literaria. En 1872 había sido nombrado Correspondiente de la Real Academia Española y en febrero de 1897 leyó el Discurso como miembro de número.

El casamiento de su hija en junio de 1903 supuso para él un nuevo estímulo y una alegría familiar al contraer matrimonio con Enrique Rivero, de Jerez de la Frontera.

En la primavera de 1904 sufrió un ataque apoplético que le ocasionó una hemiplejía del lado izquierdo, que la impidió valerse solo con normalidad. Murió el 1 de marzo de 1906.


Tipos y paisajes

pequeño fragmento

José María de Pereda


[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Madrid, Impta. de T. Fontanet, 1871 y cotejada con la edición crítica de Salvador García Castañeda (OO.CC., Santander, Tantín, 1989, t. I, pp. 265-537).]

 

Prólogo, advertencia, preludio... o lo que ustedes quieran

El asunto es que algunos de mis paisanos, muy pocos, afortunadamente, han creído hallar en más de una página de mis Escenas montañesas motivo suficiente para que se sobrexcite y alarme su amor patrio; y que yo, que me guardaría muy bien de rebelarme contra el fallo del más incompetente crítico, a quien se le antojase apreciar aún en menos de lo poco que vale mi chirumen, como buen montañés, amante fervorosísimo de mi bella patria, no puedo, ni debo... ni quiero prescindir de oponer algunos reparos a los escrúpulos patrióticos de los mencionados señores, antes de darles a conocer esta segunda serie de Escenas, en las cuales, juzgándolas con el criterio con que juzgaron a las primeras, han de hallar nuevas causas de resentimiento contra mi pluma, y, por consiguiente, contra la intención que la ha guiado.

El cargo que se me hace (y, por cierto, entre piropos que siento no merecer) es la friolera de haber agraviado a la Montaña, presentando a la faz del mundo muchos de sus achaques peculiares, y hasta en son de burla algunos; es decir, con delectación pecaminosa.

Confieso que no ha podido hacérseme una imputación más cruel, ni más injusta, ni que más me lastime. Cruel, porque lo fuera, aun siendo muy notoria la perversidad del alma de un hijo, acusarle de ser capaz de hallar deleite en burlarse de su propia madre; injusta, por lo que vamos a ver.

De dos maneras puede representarse a los hombres: como son, o como deben ser. Para lo primero, basta el retratista; para lo segundo, se necesita el pintor de genio, de inspiración creadora. Concedo sin esfuerzo que el mérito de éste es superior, en absoluto, al de aquél; pero que, tratándose de dar a conocer a un individuo, haya de representársele como debe ser y no como es, no lo concedo aunque me aspen.

Retratista yo, aunque indigno, y esclavo de la verdad, al pintar las costumbres de la Montaña, las copié del natural; y como éste no es perfecto, sus imperfecciones salieron en la copia.

A este modo de pintar es a lo que se ha llamado, por algunos montañeses, delito de lesa patria.

Un pintor del riñón de Castilla se decide un día a copiar en el lienzo a su país; pero tiende por él la vista, y observa que el suelo es árido y monótono; que no le cruza un mal arroyo, ni le sombrea un árbol, ni le limita una montaña; teme que la representación de aquella sábana de tierra calcinada y de cardos agostados infunda un sentimiento de repulsión en el ánimo del observador del cuadro, y que por éste se adquiera mala idea de la poesía del famoso granero de España; y sin pararse en barras, copia, de todo lo que ve, un grupo de casas que no ofrecen mal aspecto, dos recodos de una era, media docena de borregos y una mula, y echa por enmedio un río como el Missisipí que baja de unas montañas como los Andes, y adorna las orillas con sauces y naranjos, y tapiza el suelo con flores y césped, y hasta le puebla de zagales, cuyos modelos busca en un abanico. En seguida escribe debajo: «Panorama de Amusco», y expone el paisaje al público como un cuadro de costumbres castellanas. ¿Sería este sistema de retratar la naturaleza más patriótico que el mío? Sería lo que ustedes quieran; pero el sentido común siempre vería en un cuadro tal, con semejante rótulo, un embuste ridículo, una mentira bien ociosa.

Otro caso. Un señor, que sería el tipo de la hermosura si no tuviera un ojo huero, y una verruga en la nariz, y un lobanillo en la frente, y una cicatriz en los labios, va a retratarse; pero el retratista, por amor al modelo, o por adularle quizá, no reproduce en el lienzo ni el ojo huero, ni la verruga, ni el lobanillo, ni la cicatriz: antes al contrario, pinta dos ojos como dos luceros, y hasta exagera la corrección de los demás detalles de la cara. Concluida así la obra, quiere sorprender con ella a los deudos y amigos del retratado: examínanla atentamente, admiran todos la belleza del modelo; pero ninguno de ellos le conoce. ¿Puede el retratado, sin ser tonto de remache, deleitarse contemplando la supuesta imagen suya?

Pues bien: supongamos ahora que yo hubiera tenido ingenio bastante para componer un libro de leyendas poéticas y edificantes, llenas de madres resabidas y sentimentales, de padres eruditos y elocuentes, y de hijos galanes, trovadores y sensibles como los pastores de la Galatea; quiero imaginarme que, al pintar el concejo de mi tierra, hubiera arrojado de él al tío Merlín, y puesto por tema de discusión, en vez del que allí se ventiló bajo la impresión de una suspicacia casi estúpida y de una malicia lamentable, tal cual égloga de Virgilio o artículo del Código Penal, como para una asamblea de académicos escrupulosos o de sabios legisladores; supongamos que, en lugar de exhibir a la familia del tío Nardo vendiendo hasta las tejas para echar a América al niño Andrés con la esperanza de verle tornar un día rico e influyente, sin hacerse cargo de los infinitos ambiciosos montañeses que han perecido hambrientos y abandonados en aquellas regiones, hubiera pintado un indiano poderoso en cada casa, arrojando sin cesar talegas de onzas por la ventana y atando los perros con longaniza; supongamos también que, en vez del sencillo mayorazgo Seturas, hubiera presentado un patriarca venerable explicando, bajo los bardales de una calleja, las maravillas de la botánica y de la astronomía, deteniéndose extáticos, ante la majestad de su palabra, los tardos bueyes, los fieles canes y los rizados borregos; supóngase asimismo que, en lugar de admitir como base del carácter del campesino montañés el puntillo y la suspicacia, causa de tantos males en este país, donde todos los días es una verdad el paso de Las Aceitunas del buen Lope de Rueda le hubiese poblado de hombres infalibles y longánimos, sin más tribunales que el de la penitencia, ni otras leyes que las del Decálogo; supongamos, además, que, en lugar de Cafetera y de la nuera del tío Bolina, y de otros personajes ejusdem farinae que andan por el libro, hubiera presentado algo parecido a los marineritos que bailan en el teatro la tarantela napolitana, y a las bateleras del demimonde en las regatas del Sena; supongamos, en fin, que yo hubiera sido capaz de crear un país y un paisanaje con todos los primores que caben en la naturaleza y en la humanidad, y de sacar a la plaza pública esa creación con el título de Escenas Montañesas: ¿qué hubieran dicho entonces de ella esos mismos señores a quienes dedico estas líneas? De fijo: «Hombre, esto es muy bueno sin duda; pero tiene tanto de montañés como nosotros de turcos.»

Supongamos, si no, que, sin añadir en el retrato una sola belleza a las que tiene el original, me hubiera limitado a presentar las más libres de toda mácula local y, por ende, semejantes en todo a las de todos los pueblos sometidos al régimen estricto de la nueva civilización. Entonces hubieran dicho mis escrupulosos censores: «No encontramos en este libro a nuestro vecino, ni a nuestro concejo, ni la escuela en que aprendimos a leer, ni las fiestas de nuestros santos patronos, ni la rioja de nuestras tabernas, ni a los pescadores de nuestra costa, ni el maíz de nuestras mieses, ni las deshojas del maíz, ni el aire, ni el sol de nuestra hermosa campiña... Lo que aquí pasa, pasa también en cualquiera otra provincia de España, y estas costumbres lo mismo pueden llamarse montañesas que manchegas.»

Y en ambos casos habrían desdeñado el libro, y éste no hubiera corrido de mano en mano todos los rincones de la Montaña, ni a sus personajes se les hubiesen abierto todas las cocinas montañesas, como a gente de la casa, señal infalible de que es bueno el retrato en cuanto al parecido, por más que, como obra mía, no luzca primores de arte.

Pero supongamos ahora, y no es poco suponer (¡y vuelta a las suposiciones!), que los susodichos mis paisanos me conceden que todas las imperfecciones fisonómicas que aparecen en el cuadro existen en el original, y que al copiarle, con la mejor intención del mundo, me limité a cumplir estrictamente mi cometido de retratista escrupuloso; todavía me dicen: «Si creías que no podía hacerse de la Montaña un retrato de color de rosa, ¿para qué la retrataste? Y si la retrataste, ¿para qué expusiste al público el retrato?»

La retraté, señores míos, cediendo a una tentación más fuerte que mi voluntad; la misma que obliga al poeta a cantar a la naturaleza, y al músico a robarle sus dispersas armonías; impulso irresistible, incontrarrestable, quizá más que el que lanzó a algunos de vosotros hasta el otro lado del Atlántico en busca de soñados torrentes de acuñadas peluconas. Y le expuse al público, porque no juzgué ni juzgo a ningún español tan mentecato, que fuese ni sea capaz de creer a su país exento de achaques tan gordos como los que yo cito del mío, ni tan tonto que, si se los concediera, se forje la ilusión de que el vecino no los ha visto; le expuse al público, porque muchos de los vicios que pregona apenas excitan la compasión, algunos la risa, y los más, el escasísimo interés que haya podido prestarles el esmero, ya que no la destreza del pintor, y porque el más grave de ellos es, a Dios gracias, mucho más leve que el más insignificante de los consignados en la estadística viciosa de cualquier otra provincia de España; le expuse al público como se expone un cuadro de fotografías que ni son obscenas ni injurian a nadie: para que las vea aquel caballero y las juzgue... y las compre, si es posible; le expuse al público, en fin, en la confianza de que, aun en el caso de tropezar con jueces tan aprensivos, tan quisquillosos... tan montañeses como ustedes, podría responder, en abono de mi intención inmejorable: «Creo, con la mano sobre mi corazón, que exhibiendo resabios y picardías como las de tío Merlín, desdichas y miserias como las de la familia del Tuerto, preocupaciones funestísimas como las de la de tío Nardo, etc., etc., y poniendo a su lado estimables cualidades y méritos que no faltan en otros personajes del libro, se prueba mejor el patriotismo que con ostentosos vanos alardes de tan noble virtud; y que la Montaña perdería menos oyendo a los que, como yo, entre himnos entusiásticos a sus bellezas, dedican una cariñosa censura a muchas de sus curables imperfecciones, que a los que transigen con todas ellas a trueque de que nadie las vea.»

En cuanto al estilo más o menos irónico, más o menos alegre de la obra, ¡qué diablo! no es ella ninguna colección de elegías ni de sermones de Ánimas; a más de que cada hombre tiene el que Dios le concedió, y yo, al usar el que bajo este título me pertenece, malo y todo, le he creído preferible, por mío, al mejor de los prestados.

Y aquí debiera poner fin a este proemio, asaz enojoso para mí por el fin que lleva; mas no quiero dejar la pluma sin resarcirla del disgusto de escribirle, dedicándola un instante a más placentera ocupación. Sírvame, pues, en este momento, no del todo inoportuno, para dar un público testimonio de mi gratitud profunda a mi querido amigo Antonio de Trueba, cuyo solo nombre, puesto al frente de mi libro, embelleció sus innumerables defectos al ser admitido, no de mala gana, en la república literaria española; al inimitable autor de las Escenas Matritenses; al insigne poeta y sabio crítico, D. Juan Eugenio Hartzenbusch; al malogrado ingenio que dejó, por huella de su paso por el mundo, el monumento literario Ayer, Hoy y Mañana, y a otros escritores no menos discretos, y a la prensa periódica en general, cuyas felicitaciones conservo como prendas de inestimable valor; no porque de ellas me juzgue digno, sino porque las considero como otras tantas manos cariñosas que estrecharon la mía al acercarme por primera vez a una región donde la censura de los doctos enerva y el desdén mata.

Otra deuda no menos sagrada, que también quiero pagar, tengo con el público, especialmente el de la Montaña, que, aceptando mi buena intención y dispensándome los pecados de inexperiencia o de incapacidad, acogió las Escenas con una benevolencia que yo jamás me hubiera atrevido a esperar.

¡Quiera Dios que, al dar a luz esta segunda serie, no se arrepientan, público y escritores, de haberme aplaudido la primera!

Enero de 1871.






 

Dos sistemas


- I -

Se fue a la Habana en 1801, en el sollado de un bergantín, entre otros cien muchachos, también montañeses, también pobres y también aspirantes a capitalistas. Unos de la fiebre amarilla, en cuanto llegaron; otros de hambre, otros de pena y otros de fatigas y trabajos más tarde, todos fueron muriendo poco a poco. Él solo, más robusto, más animoso o más afortunado, logró sobreponerse a cuantos obstáculos se atravesaban delante de sus designios.

Treinta años pasó en la oscuridad de un roñoso tugurio, sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentado, con el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos. Una sola idea extraña a la que le preocupaba, que con ésta se hubiese albergado en su cerebro, le hubiera quizá separado de su camino.

Creo que fue Balmes quien dijo que el talento es un estorbo cuando se trata de ganar dinero. Nada más cierto. La práctica enseña todos los días que, sin ser un monstruo de fortuna, nadie la conquista luchando a brazo partido con ella, si le distrae de su empeño la más leve preocupación de opuesto género. De aquí que no inspiren compasión los sufrimientos del hombre que aspira a ser rico por el único afán de serlo. En el placer que le causa cada moneda que halla de más en su caja, ¿no está bien remunerado el trabajo que le costó adquirirla? ¡Ay del desdichado que busca el oro como medio de realizar empresas de su ingenio!

No le tenía muy pronunciado el mozo en cuestión, por dicha suya. Así fue que, dándosele una higa porque a sus oídos jamás llegara una palabra de cariño ni a su pecho una pasión generosa, echó un día una raya por debajo de la columna de sus haberes, y se halló dueño absoluto de un caudal limpio, mondo y lirondo, de cincuenta mil duros; sumó después los años que él contaba, y resultaron cuarenta y cinco.

-¡Alto! -se dijo entonces-; reflexionemos ahora.

Y reflexionó.

He aquí la sustancia de sus reflexiones:

En la situación en que se hallaba podía, dando más latitud a sus especulaciones, aumentar considerablemente el caudal; pero se exponía también a perderle: además, le habían conocido allí ciruelo, y no le prestarían la consideración a que se juzgaba acreedor. Lo contrario le sucedería en su pueblo natal, donde pasaría por un Nabab, llevándose el respeto y las atenciones de sus paisanos; pero ¡eran éstos tan pobres! Iban a saquearle sin piedad. Por otra parte, habiendo muerto ya sus padres, a quienes en vida socorrió largamente, ¿qué atractivo podían tener para él los bardales de su aldea? Establecerse en Santander ya era distinto: esta ciudad, que al cabo era su país, le brindaba con ocasiones de especular, si quería; de figurar, en primer término, entre los encopetados señores, y sobre todo, de casarse con una señorita joven y fina, único lujo de ilusiones que se había permitido su imaginación en los treinta años de cadena, sufridos detrás del mostrador.

Como buen montañés, sentía muy vivo en su pecho el santo amor a la patria, y no vaciló, conste en honra suya, para adoptar una resolución definitiva.

Ésta fue la de trasladarse, por de pronto, a Santander con cuanto le pertenecía; y al efecto, escribió pidiendo los necesarios informes acerca del estado de la plaza.

Ateniéndose con fe a la contestación, que procedía de persona de reconocida formalidad, invirtió su dinero en azúcar y en café; fletó un bergantín, cargóle, y después se embarcó en él, resuelto a hundirse con su caudal en el Océano, si estaba escrito que el fruto de tantas privaciones no había de llegar a seguro puerto.

Pero lejos de hundirse, hizo uno de los viajes más rápidos que se hacían entonces: cincuenta días tardó, nada más, desde el castillo del Morro al de San Martín.

Personas que, al fondear el buque enfrente de la Monja, le vieron de pie sobre la toldilla de popa, contemplando afanoso el panorama que se desenvolvía ante sus ojos, aseguran que era bajo de estatura, ancho de espaldas y de pies planos y juanetudos; el color de su cara, moreno pálido y algo reluciente; los pómulos destacados, los ojos pequeños y hundidos, los labios gruesos y mal cerrados, y las cejas espesas; la cabeza, en conjunto, redonda como un queso de Flandes, pero de mayor diámetro que el más grande de éstos; el pelo corto, espeso y áspero; la barba rapada a navaja, menos un mechón, entre mosca y perilla, que le colgaba del labio inferior, y una especie de barboquejo de largos pelos que le defendía el cuello de la camisa de los punzantes cañones de la sobarba. Sobre el pelo llevaba un jipijapa, y arrollado al pescuezo, un pañuelo de seda de cuadros rabiosos. Vestía levita negra de Orleans, y pantalón y chaleco de dril blanco, destacándose sobre el último gruesa cadena de oro, y calzaba holgados zapatos de charol.

Y es cuanto tengo que decir al lector acerca de don Apolinar de la Regatera, desde que salió impúbero de la choza paterna, hasta que llegó de retorno de la Habana, casi viejo, a la bahía de Santander.

Hallábase este mercado a la sazón a plan barrido, como decirse suele, en punto a azúcares y cafés. Súpose en breve lo del arribo de estos artículos por el bergantín fletado por don Apolinar; llovieron demandas sobre éste, y sin dejarle desembarcar siquiera, arrebatáronle el cargamento al precio a que quiso cederle.

De este modo el caudal de Regatera, mejorando, como los vinos, con el mareo, salió de la Habana como un millón, y al desembarcar en el muelle de Santander apenas podía revolverse en setenta talegas.

El salto, pues, a tierra, de don Apolinar hizo más ruido en el pueblo que el que han hecho en el mundo los saltos más célebres, desde el de Safo en Leúcade hasta el de Alvarado en Méjico y los de Leotard en los trapecios de su invención. Su entrada en Santander, a la vez que un negocio, fue un triunfo. La plaza le saludó con todos los honores, batiendo a su paso el cobre de las cajas más repletas, y abriéndole de par en par salones y gabinetes. El vulgo se conmovió también con tanto ruido, y en mucho tiempo no conoció al afortunado intruso otro nombre que el de el indiano del azúcar.


 

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